La Vida eterna, el Cielo: la vida en sentido pleno

   La felicidad es una tendencia y un deseo en el ser humano que lo expresa de diversas formas. Recuerdo la letra de una canción que, refiriéndose al amor humano, dice: “te quiero con el alma, te quiero para siempre, porque el alma nunca muere”. También, en conversaciones con personas que se estiman y en diversas situaciones, suele escucharse la expresión “¡que seas feliz!”; es un deseo que puede sensibilizarnos para enfocar una vida capaz de colmar ese anhelo de nuestro corazón.

   Descubrimos, en la experiencia personal, que tanto los bienes materiales, como del conocimiento y del corazón, son temporales y que están mezclados con la insatisfacción y el dolor. También encontramos paradojas humanas como: “salir de uno mismo, relacionarse, para encontrarse”, “hay mayor alegría en dar, que en recibir”, o, la radicalidad de, “perder la vida por amor”; realidades que encontramos, frecuentemente, en la familia y en la relación padres-hijos.

   Mas, no nos engañemos, la felicidad completa no se da en esta vida, ya que la felicidad definitiva exige alcanzar el bien que colme al ser humano de forma estable y definitiva y la ausencia de todo mal. Durante nuestra existencia terrena, podemos conquistar “cierta felicidad”, que incluye horizontes de conocimiento y amor de Dios. Un autor actual lo expresa con estas palabras: “La contemplación de Dios nos acerca a la eternidad ya en esta vida y eleva nuestra alma por encima de la fatiga propia del tiempo; da una serenidad y gozo interiores que los sucesos de la fortuna no pueden dar ni quitar. Por el contrario, cuando el hombre se aleja de Dios y se encierra en los bienes terrenos, nunca está satisfecho y de todo se hastía”.

   Desear “la felicidad para siempre” responde al anhelo de nuestro ser, que tiene la huella de la presencia del Creador. Al crear y redimir al hombre, Dios le ha destinado a la eterna comunión con Él, a lo que san Juan llama “vida eterna”, o lo que se suele llamar “el Cielo”, descrito con imágenes como “banquete de bodas”, “casa del Padre”, “Jerusalén celeste”, “Paraíso”. San Pablo expresó ese estado de bienaventuranza con estas palabras: “Ni ojo vio, ni oído oyó, ni pasó por el corazón del hombre, las cosas que preparó Dios para los que le aman”. Podemos pensar que ese estado es la vida en sentido pleno, sumergirse siempre de nuevo en la inmensidad del ser, a la vez que estamos desbordados por la alegría. Vida, tras la deificación del alma y sus potencias, de visión de Dios, de amor y gozo para siempre, contemplación del Rostro de Dios, que los santos han soñado alcanzar. San Josemaría lo expresaba con estas palabras: “No lo olvidéis nunca: después de la muerte, os recibirá el Amor. Y en el Amor de Dios encontraréis, además, todos los amores limpios que habéis tenido en la tierra”. Esperanza fundamentada en la Revelación y Fe sobrenaturales, con hechos y palabras, que encontramos en la Sagrada Escritura:”Siervo bueno y fiel, porque has sido fiel en lo poco entra en el gozo de tu Señor”.

   Ante esta vida en sentido pleno, podemos preguntarnos, ¿qué hemos de hacer para alcanzar la vida eterna?, y, ¿con qué medios? La respuesta nos la dio Jesucristo: cumple los Mandamientos (…). Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente, y al prójimo como a ti mismo; y que, en otras situaciones, también concretó en las Bienaventuranzas y en las obras de misericordia.

   Los medios nos los da también Él: su Gracia y su presencia santificadora en la Iglesia, en los Sacramentos, y la acción del Espíritu Santo: “Si me amáis, guardaréis mis Mandamientos, y yo rogaré al Padre y os dará otro Paráclito para que esté con vosotros siempre: el Espíritu de la verdad”.

   El gozo del Cielo llegará a su culminación plena con la resurrección de los muertos, al final de los tiempos, la divinización del alma redundará en el cuerpo resucitado (los bienaventurados serán en el Cielo como ángeles).

   Ante la desbordante recompensa del Amor de Dios, san Pablo, al considerar la proximidad del final de su vida, nos dejó unas palabras entrañables de su fidelidad y su confianza en el premio: “He peleado el noble combate, he alcanzado la meta, he guardado la fe. Por lo demás, me está reservada la merecida corona que el Señor, el Justo Juez, me entregará aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que han deseado con amor su venida”.

   José Arnal Agustín

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