Una teoría falsa

Resulta sorprendente y asombroso comprobar una y otra vez, la capacidad que tenemos los seres humanos de inventarnos teorías sobre cualquier tema o concepto, para luego tratar de imponerlas sin ninguna demostración y seducir la mente de otros, para nuestra propia vanagloria o satisfacción.

Es lo que sucede con la famosa y falaz teoría de “la ideología de género”. Nadie de los que la defien-den y propugnan se molestan en demostrar la veracidad de sus argumentos con datos científicos, o al menos racionales. Simplemente la desarrollan y la exponen sin permitir que nadie les contradiga y descalificando, en muchas ocasiones ferozmente, al que osa hacerlo.

Los ideólogos de la teoría del género afirman, entre otras cosas, que el papel de la mujer en la sociedad no depende de su sexo, sino que es una construcción de esa misma sociedad dominada y controlada por el hombre y destinada a establecer y mantener la servidumbre o esclavitud de la mujer y a sacrificar su vida en servicio del hombre, de la maternidad, de los hijos y de la familia.

Esta afirmación tiene un parte absolutamente falsa, la de que el papel de la mujer en la sociedad no depende de su sexo, y otra razonablemente real, porque el hombre a lo largo de los siglos ha dominado muchas veces a la mujer, imponiéndole su criterio de cómo tenía que desarrollar su modo de vivir, al servicio del hombre, de la maternidad y del cuidado de los hijos y del hogar. Esto ha sido así, no podemos negarlo, por razón de la superior fuerza física del hombre y de su función de jugarse la vida en las terribles guerras cuerpo a cuerpo, para defender a la patria, a su territorio, a su mujer y a sus hijos. La función principal de la mujer era y seguirá siempre siendo, la de traer hijos al mundoy la de los hombres trabajar y defender lo que es suyo, llegando a matarse entre ellos en las guerras encarnizadamente, si es necesario. Actualmente siguen ocurriendo estas matanzas, aunque en menor medida, sobre todo en los países de Oriente de mayoría árabe o musulmana.

Sin embargo, esta situación ha cambiado sobre todo en los países occidentales, porque en las sociedades modernas, la fuerza física ya no es tan necesaria ni predominante; lo que más cuenta es la inteligencia y el conocimiento científico y técnicode la realidad y en este sentido el hombre no es superior a la mujer.

Ahora bien, lo que no se puede ni se debe hacer nunca, es utilizar fraudulentamente estos hechos que tenían su mayor fundamento en la antigüedad, y que han perdido mucha de su vigencia en la actualidad, para llevarlos ala conclusión falaz de deducir que lo que importa verdaderamente es el género de la persona y no el sexo, que se puede cambiar de sexo a voluntad y que se posee la libertad de orientación sexual que a uno le plazca.

Desde el punto de vista del cuerpo, los seres humanos pertenecemos al reino animal y estamos incluidosen el género “homo” (ser humano); nuestra especie es “sapiens” (sapiente, que sabe, que es racional); y nuestro sexo es siempre “masculino” (hombre) o “femenino” (mujer).

Por otro lado, con la teoría del género, llevada a su extremo más incongruente de libertad ilimitada, se cae en el error gravede atentar contra la propia naturaleza humana sexuada tal como la recibimos todos al nacer, e incluso en la rebelión de no aceptar el propio sexo, como algo connatural a nuestra personalidad humana. Pero esta negativa a aceptar el propio sexo que se posee es antinatural. Estos ideólogos, a partir de esta inaceptación, llegan a defender también el cambio de sexo en los niños, la sodomía, la promiscuidad, el incesto, y la pedofilia generalizadas, para todos los humanos independientemente de su edad y de su sexo.

Estas ideas son gravemente peligrosasdesde el principio de la humanidad, para cualquier sociedad que las acepte y favorezca. Y estas actitudes no son buenas para ninguna persona, porque en el futuro le acarrearán seguramente importantes dificultades psicológicas o de relaciones humanas, más temprano o más tarde, porque de la naturaleza nadie se burla impunemente, y mucho menos de la naturaleza humana. La naturaleza es como es, y los hombres no podemos ni debemos cambiarla a nuestro gusto o capricho.

 

Roberto Grao Gracia

 

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