La muerte del cristiano

Estando crucificado en la cruz, junto con dos ladrones, Jesucristo se dirigió a uno de ellos llamado Dimas según la tradición, conocido como el ladrón arrepentido que le había dicho “Acuérdate de mi cuando estés en tu reino”, y le contestó: “En verdad te digo que hoy mismo estarás conmigo en el Paraíso” (Lucas, 23, 42-43).

Son palabras claras, trascendentales, fundamentales, porque significan que después de la muerte ineludible que sufrimos todos los hombres seamos buenos o malos, hay otra vida y que estar con él, con Jesucristo en el Paraíso en una vida gratificante, feliz y placentera, dependerá de que nos hayamos arrepentido de todo el mal que hayamos podido hacer a lo largo de nuestra vida y le pidamos perdón o deseemos estar con El, que viene a ser lo mismo.

Si no lo hacemos así, nos encontraremos con la desagradable, definitiva y permanente sorpresa de estar alejados de él y sumidos en el dolor, la angustia y la desesperación de que esa situación no se acabará nunca, porque ya ha pasado el tiempo de arrepentirse, pedir perdón y merecer estar con Dios en paz y felicidad con nuestros seres queridos y las personas que hemos amado. Es lo que la doctrina católica llama la “visión beatífica” que consiste en ver a Dios cara a cara y que es la máxima felicidad que puede concebir y experimentar el ser humano.

Pero ¿cómo será esa estancia nuestra de los cristianos arrepentidos en una situación o forma de vida agradabilísima prometida al “buen ladrón” y con él a todos los creyentes? porque una parte sustancial de nosotros mismos como seres humanos que es el cuerpo, se quedará aquí abajo en la tierra o en el mar indefinidamente hasta que Dios, el creador de todas las cosas que existen, disponga lo contrario y resucite todos los cuerpos de los hombres al final de los tiempos en el momento que se llama el “Juicio Final” necesario para restablecer la justicia tan burlada por tantos hombres tiranos, déspotas o criminales que la mancillaron con su conducta.

Entonces, ¿qué parte de nuestro ser humano experimentará la felicidad del Paraíso prometida por Jesucristo inmediatamente hasta que llegue la resurrección de los cuerpos y recobremos nuestra plena condición humana? Indudablemente que será el alma racional que es parte esencial de nuestra naturaleza humana y que por su misma constitución no puede ser aniquilada ni desaparecer de la existencia, puesto que significaría que Dios se habría arrepentido de crearla, lo cual es un imposible metafísico. Pero, ¿será suficiente felicidad la del alma separada del cuerpo? ¿no añoraremos nuestra existencia completa compuesta de alma y cuerpo para disfrutar plenamente de nuestra nueva existencia?

¿Puede ser que se de esa añoranza de felicidad de algún modo incompleta que significa la ausencia del cuerpo y su unión con el alma, que nos caracteriza como hombres, hasta que se produzca la segunda venida de Jesucristo y el Juicio Universal? No lo sabemos; lo que sí sabemos es que se producirá esa retribución según nuestras obras; lo dice la Bula Benedictus Deus de Benedicto XII del año 1336: “Los fieles muertos en amistad con Dios ya purificados o cuando se hubieren purificado, aun antes de la reasunción de los cuerpos y el juicio final, estuvieron, están y estarán en el cielo, en el reino de los cielos en el paraíso celestial con Cristo, admitidos en la compañía de los ángeles, vieron y ven la divina esencia con una visión intuitiva cara a cara, sin mediación de ninguna criatura”.

En definitiva, es de fe divina y católica que la retribución de los fieles después de la muerte será plena: la visión beatífica de ver a Dios cara a cara, que se confirmará en el juicio final con la resurrección de los cuerpos glorificados. Es de suponer que, en ese momento, se dará un aumento intensivo de lo sustancial que ya se tenía: la visión y el gozo de Dios menos intensas, lo que yo llamo añoranza del cuerpo, para alcanzar la situación de completa felicidad y gozo con Dios por toda la eternidad.

Roberto Grao Gracia

 

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