Un viaje inesperado

Hace algunos días tuve que viajar en autobús desde mi pueblo a Barcelona. Me senté en un asiento libre al lado de una señora de una cierta edad y en el asiento de atrás había dos hombres que por su parecido deduje debían ser hermanos. Uno de ellos iba leyendo el periódico y al poco rato de salir, empezaron a comentar las noticias en voz bastante alta como se suele hablar en algunos pueblos de la montaña.

Mira que noticias vienen hoy: otra vez lo de cada día, financiaciones fraudulentas, que si Bárcenas, que si la Fundación Ideas, ahora el lío de Mas en Cataluña; da la impresión que todo el mundo mete mano en la bolsa del Estado.

Oh, y lo que no sabemos dijo el otro, las mensualidades de los parlamentarios, lo que les ha quedado de sueldo a algunos ministros de los anteriores gobiernos, la cantidad de políticos que hay en España, los 17 Gobiernos Autónomos además del Central y todo este dinero sale de las arcas públicas, es decir, de nuestros impuestos y después, ¡venga recortes!

La señora que estaba a mi lado se iba poniendo nerviosa por momentos, se le notaba porque empezó a hacer cosas raras con las manos, hasta que en un momento dado, se puso muy colorada y dirigiéndose a los dos hombres por la rendija que queda entre los dos asientos les dijo: ¿Saben porque pasa todo esto? Ellos, pararon de hablar un tanto sorprendidos y levantando un poco el cuerpo uno de ellos dijo: Supongo que porque muchos quieren aprovecharse de su situación para ganar dinero. . . y con una sonrisa malévola añadió: o para forrarse que es peor.

Entonces se puso casi de pie y tuve que apartarme un poco y a voz en grito les dijo: ¡Porque se han perdido desde hace años los principios éticos! ¡Porque se ha perdido la decencia! Si la gente tuviera un mínimo de principios, basados no en el miedo al castigo, sino en querer hacer las cosas bien, lo que hace años decíamos por amor, no por temor, todo esto se podría evitar. Pero claro, desde que se suprimió la formación ética y religiosa en las escuelas, vamos de mal en peor y mantener las cárceles llenas, cuesta también mucho dinero.

Los dos hombres se quedaron un poco aturdidos no solo por la respuesta, sino también por los gritos que pegaba la señora. Se volvió a sentar en su sitio un poco enfurruñada, yo le sonreí y pensé entre mí ¡Cuánta razón tienes querida compañera!

Isabel Costa Espluga

Foro Independiente de Opinión

 

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