Utilidad de los principios

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De tanto en tanto, no deja de oírse alguna voz, ya sea manera genérica, ya sea con ocasión de una ley que haya de votarse en el Parlamento, que descalifica como políticos a aquellas personas que tienen fe religiosa, o les recomienda que dejen inoperantes los contenidos de su fe en su actuación parlamentaria o pública. E1 escéptico desconfía de quien tiene la confianza que él no posee.

La toma de decisiones o el análisis de los fenómenos sociales no es neutral nunca; ya que presupone un saber, un conocimiento, un enjuiciamiento de lo bueno y de lo malo, unos determinados valores que sirvan de presupuesto para llegar a conclusiones. Todo ello desde cualquiera que sea la posición ideológica o cultural del sujeto: marxista, humanismo cristiano o desde el ateísmo o el capitalismo más radical.

Las conclusiones serán iguales o distintas, pero el «a priori» de neutralidad no se da en la realidad. ¿Cómo es posible que aquello en que una persona cree y es parte de su vida sea dejado de lado? Quien cree en el riesgo de la eternidad de la vida, sin duda tiene un modo de ver las cosas, de actuar, diferente de quien piensa que su vida concluye en esta tierra. ¿Es posible que en el momento de emitir un juicio no se piense en aquellos valores que se consideran fundamentales?

    La acción política se desarrolla en un contexto social concreto, donde cada miembro de la comunidad tiene sus intereses y convicciones; y es en esas condiciones donde la pluralidad se desenvuelve. Intentar eliminar una parte de esa pluralidad es antidemocrático. Tenemos experiencia de lo que acontece cuando se reprimen los juicios de valor.

 El cristianismo es parte de nuestra cultura europea; pero también es cierto que esta época está siendo marcada por una cultura racionalista, muy a menudo permeada de materialismo. Una cultura impregnada de relativismo militante que ve como un «enemigo» a quien esté convencido de que algo es bueno o malo. Dicho de otra manera, una estrategia nada neutral de alejamiento del humanismo europeo de inspiración cristiana, para afirmar un poder vacío de contenido ético objetivo, para imponer arteramente la propia ideología agnóstica o atea bajo capa de un difuso humanismo.

Se confunde con frecuencia, quizá intencionadamente, creencia religiosa con intolerancia. Ciertamente hay que evitar el fanatismo o el sectarismo manifestados en posturas tan opuestas como el laicismo o el clericalismo, y vivir la tolerancia que la sociedad reclama.

Política y religión deben mantener su propia autonomía. El fin de la prudencia política es la configuración y ordenación de la convivencia del mejor modo posible en esta sociedad, aquí y ahora. La religión busca la felicidad eterna del hombre, sin olvidar la terrena. Ello no quiere decir que la política no tenga relación con la religión ni con la ética, ya que las tres confluyen en el hombre concreto; sino que los modelos de ordenación justa de la sociedad son plurales y que solamente desde ese arte práctico que es la política puede obtener su propia inspiración para conseguir un ideal político, entendido como fin; eso sí, sin conculcar los valores superiores del hombre. De otro lado, Dios sigue ocupando un lugar muy importante en los hombre de este siglo XXI, como lo prueba el que sea tema frecuente –  no siempre positivamente – entre los libros que se publican. Uno de estos autores, Paul Johnson, periodista e historiador británico, ha dicho que «la historia del género humano enseña que no podemos vivir sin creer en algo: la falta de creencias nos es insoportable». Incluso la relación entre religión y medicina es objeto de estudio científico, concluyendo que aquellas gentes que van a la iglesia o a la sinagoga regularmente tienen más salud física y mental, y disfrutan de más saludables sistemas inmunes; o que aquellos pacientes que eran capaces de encontrar fuerza en sus creencias religiosas experimentan una tasa de supervivencia tres veces superior a sus colegas agnósticos.

 El griego Atenágoras, afirmaba en el siglo II que sus coetáneos cristianos si bien no sabían hacer bellos discursos, sabían con sus acciones mostrar la utilidad de sus principios a través de sus obras buenas. Quizá nos haga falta algo de todo esto.

Agustín PÉREZ CERRADA

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