Europa pierde su energía moral

No hace falta ser un observador experto para constatar que la sociedad europea ha perdido aquel sentido cristiano de la vida que forjó una cultura que se expandió por el universo. Ese ocaso se refleja en la legislación de sus países, fruto de un materialismo antropológico que modela conductas, desprecia las cosas del espíritu y tira del hombre hacia abajo: hoy se admiten como normales aspectos que se rechazaban radicalmente solo a mediados del pasado siglo. El contagio se ha extendido a otros continentes, de la misma manera que se han absorbido ideologías disolventes nacidas al otro lado del Atlántico.

La forma de vida de los seguidores de una religión repercute en la humanidad. Ante un conjunto de ciudadanos formalmente cristianos, pero dormidos y cansada su energía moral, puede concluirse que en su conjunto no manifiestan con obras la fe que dicen poseer. Generalizadamente se constata la seducción de una ideología que difunde la idea de que las creencias religiosas han de relegarse al núcleo de la intimidad personal, y que no es “políticamente correcto” defender las consecuencias que la vivencia de esas creencias puedan tener; tanto que a la postre se renuncia prácticamente a ellas y se asume “lo que está en la sociedad”. Se olvidan los mandamientos de las tablas de Moisés, manifestación de ley inscrita en la naturaleza, dando un paso hacia prácticas que se alejan de lo que es lo propio de la naturaleza humana. La fe, siendo un acto de libertad, exige también la responsabilidad social de lo que se cree, dar testimonio en los ámbitos y estructuras de la sociedad civil en que se vive. Hay que preguntarse cómo es posible que cristianos que son creyentes no posean la fuerza para hacer que su fe tenga una mayor eficacia en la sociedad.

En esta situación, el Papa Benedicto XVI ha proclamado, mediante su carta “Porta Fidei”, la apertura de un “Año de la fe”, con la finalidad de remover la conciencia no ya solo de los católicos o de los cristianos en general, sino de todo hombre de bien, para lograr una sociedad más acorde con la condición de los seres humanos que habitamos en este planeta.

Benedicto XVI pide a los creyentes que asienten su fe en el conocimiento de los contenidos de esa fe, mediante la lectura y estudio del Catecismo de la Iglesia Católica —y de su Compendio—, y también con la lectura de los textos del Concilio Vaticano II, tan valiosos para entender el mundo moderno, y muchas veces olvidados y aun tergiversados intencionadamente. Esta tarea llevará a muchos al redescubrimiento de la fe, a ser testigos convincentes del Señor resucitado, capaces de señalar la “puerta de la fe” a tantos que están en búsqueda de la verdad: la fe es un don recibido para trasmitirlo a los demás, y no ha sido debidamente acogida esa fe si se piensa que es sólo para uno mismo.

Como colofón, acudo a un autor clásico, el latino Juvenal, quien en su Sátira X nos recuerda que ”orandum est ut sit mens sana in corpore sano”, que traducido, frente a la versión que todos conocemos, quiere manifestar la necesidad de orar para que se nos conceda un espíritu equilibrado en un cuerpo equilibrado. Si el espíritu no está sano, el cuerpo tampoco lo estará. El hombre moderno parece haber perdido este horizonte.

Agustín PÉREZ CERRADA

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