El tren, los castillos y las procesiones

Tolerancia
   Viajando en un tren Alvia desde Madrid hacia Alicante, pasada esta última capital, fui a la cafetería a tomar un sándwich, y leer los periódicos que suelen poner al servicio del público. El paisaje cambiaba, ya no se veían esas grandes llanuras de la Meseta, que en primavera parecen campos de golf. Era un terreno más accidentado con montañas que llegan al mar, alternando con las playas.

    En el periódico leí una noticia sobre la procesión atea, con sus mofas y befas, que algunos querían montar en réplica a las que se producen en la Semana Santa, y que después fue prohibida, y el único obstáculo para algunas de las tradicionales fue la lluvia. Y la leía mientras que en los grandes ventanales de la cafetería del tren se iban sucediendo pueblos con impresionantes castillos: el de Chinchilla de Montearagón, enclave importante de don Juan Pacheco, Marqués de Villena, en el siglo XVI; el de Almansa con su fortificación de dos alas alargadas y una torre central; el de Villena con dos murallas y una alta torre; el de Sax, con sus dos torres en monte escarpado, etc.

   Algunos, como el de Monforte del Cid, no pueden verse desde el tren. Los hay que han resistido peor el paso del tiempo, pero otros dibujaban sus siluetas en los altos de montículos, que en otros tiempos fueron la representación del poder medieval.

    Ocho siglos costó recuperar esas tierras al Islam. Hoy no está el mundo para guerras de religión, pero muchos no son tolerantes con las creencias. Ganaron los cristianos y consolidaron lo que es la España actual, sembrando el país de castillos y conventos que los reyes protegían con donaciones y privilegios. Junto a los castillos, surgían los pueblos y las iglesias.

   Ahora España está llena de catedrales y templos, que los ricos construyeron con sus dineros, y los demás con sus diezmos y sus trabajos. Alguna de estas iglesias hacían también de fortalezas.

   Y en algunos castillos y montículos se pusieron grandes imágenes del Sagrado Corazón, al estilo de la de Río de Janeiro, y que en España hay, quienes les gustaría quitarlas.
Después misioneros y santos, fueron a predicar por mundos lejanos y evangelizar continentes. Y en Lepanto se frenó a los turcos. Y se ganó un Imperio que fue en declive.

   Hasta llegar a la pasada Guerra Civil en España, en la que se produjo lo que a juicio de algunos fue la más grande persecución que ha tenido la Iglesia, con quema de iglesias y matanza de religiosos. Azaña pronunció aquella frase célebre de que España había dejado de ser católica. Y desde entonces hay la tendencia a que la derecha sea la defensora de los valores religiosos, y la izquierda, la de los aconfesionales.

   Al comienzo del siglo XXI, con la Constitución de 1978, preocupa saber que haya españoles, que lejos de agradecer y defender el gran legado que supuso nuestra religión, la unidad religiosa y espiritual del cristianismo, la atacan como creyendo que en pos de un laicismo militante, hacen un gran servicio al país. E inevitablemente surgen las comparaciones, respecto a la tolerancia para otras religiones: “esa profanación no se hubieran atrevido a hacerla a los islamitas y sus mezquitas”, se oye y lee en ocasiones.

   Hoy, los diez mandamientos que predica la Iglesia, el amar a Dios y no jurar en vano, santificar las fiestas, honrar a los padres, no matar, no fornicar, no robar, etc. son más necesarios que nunca, en una crisis que más que económica es de valores. Pero los ateos, se aprovechan del legado del cristianismo, de su esfuerzo y sacrificio, de sus festividades, y se burlan de los cristianos. Serían más consecuentes si al llegar las festividades religiosas, renunciaran a ellas. Ya en 1929, en la URSS, se eliminó la semana de siete días, por ser judeocristiana, y se sustituyó por la semana de seis días con festivos cambiables. Duró once años, querían cerrar los templos y no dejar ningún sacerdote, sin tener en cuenta la promesa de “yo estaré con vosotros hasta la consumación de los siglos”, y que recientemente el 73 % de los rusos se declara ortodoxo.

   La Iglesia bastante tiene en contrarrestar a una sociedad laica llena de contravalores, con prácticas religiosas decrecientes. Aquí lo que se tolera y fomenta es el fútbol, con su parafernalia de los partidos del “siglo”, y unos “fieles” que necesitan de la vigilancia de la policía, y las concentraciones de los botellones y macrofiestas, que dejan toneladas de desperdicios.

   Los creyentes reconocen sus culpas al principio de las misas rezando el “Yo pecador”. Pero hay ciudadanos con comportamientos autodestructivos, que son capaces de destruir el país en el que viven. Está claro que los que quemaron iglesias y mataron curas, siguen estando latentes, y la alianza de las civilizaciones es un objetivo a la baja, después del anuncio de Zapatero de no optar a la reelección.
Ricardo Gutiérrez Ballarín
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