Otro mundo feliz

Manipulación tiránica
   Quizá uno de los reduccionismos del mundo moderno sea que el hombre ha dejado de tener respeto por el ser humano, al considerarlo (póngase aquí lo que se quiera: instinto, apetitos, máquina…) como una cosa. Se ha perdido parte del optimismo y de la esperanza en el futuro, y se ven enemigos por todas partes: lo diferente, el color o la pobreza, todo da miedo; los hijos dan miedo y se ponen trabas a la vida. En los países del tercer mundo es más fácil encontrar una píldora anticonceptiva o una mina antipersonas, que un plato de comida.

   Quizá no se haya considerado suficientemente que con el egoísmo de que haya menos gente, más que asegurar el futuro es ponerle impedimentos: si se mantiene la proporción de innovadores, de genios o de pensadores, en el futuro habrá menor número, y, por tanto, menos esperanza de prosperidad. El incremento de la población, que es factor de desarrollo en tantos países, ya ha dejado de ser cero: es negativo en muchos lugares. Si a ello se une el estado actual de un sistema educativo adocenado y escasamente exigente, se añadirá otro factor que empeora esa reposición necesaria de iniciativa y de brazos para atender las necesidades de una vida más prolongada.

   Se espera de los avances de la técnica y de la ciencia que resuelvan los problemas del futuro; pero la ciencia ofrece interrogantes muy serios. La ciencia y la técnica, que en tantas cosas ayudan al hombre, le exigen también servidumbres importantes. El campo es amplio y siempre existe el riesgo de que se traspasen las fronteras de normas éticas y jurídicas que defiendan la vida humana, lo cual ha dejado de ser una hipótesis para convertirse en realidad; ya no existen barreras que pongan freno al afán desmedido de aquellos que buscan un filón de oro en cualquier actividad, y estamos viendo que la “ciencia” es un gran negocio.

   El “mundo feliz” que Aldous Huxley nos narra en su novela parece cada vez más posible. Los avances en la medicina genética son importantes y se desarrollarán más en el futuro; pero está claro que no todo aquello que es técnicamente posible, es éticamente deseable. Por ello, habría que salir al paso de la posible locura de cualquier ingeniero genético no dispuesto a detenerse ante ninguna barrera. Sin embargo, ya tenemos la experiencia de nuestros políticos que siempre encuentran argumentos en favor de cualquier propuesta, por descabellada que sea, cuando no van por delante con el aborto, la clonación, los fetos humanos destinados a la investigación, la manipulación genética, la fecundación “in vitro” o las propuestas de eutanasia. La lista puede alargarse.

   El ser humano no es un artilugio a ensamblar en una cadena de montaje: la persona se engendra, siempre única y diferente. Este es el escenario en que debe ser desarrollada la batalla por la defensa de la vida, desde el mismo instante de la concepción hasta el final natural de la misma.

Agustín PÉREZ CERRADA
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