La desintegración de España


    Ser realista es tratar de analizar la realidad con la mayor objetividad posible, sin caer en el optimismo ingenuo e infundado, ni el catastrofismo o pesimismo de quien tan solo observa lo negativo sin ponderar suficientemente el lado positivo de los hechos, que siempre hay.

    Y la realidad es que, aun concediendo que los españoles hemos vivido más de treinta años en paz, amparados y regidos por la Constitución de 1.978, durante los cuales logramos ingresar en la UE, y alcanzamos una amplia prosperidad material, ahora truncada por la gran crisis económica en la que estamos inmersos, en estos momentos nos encontramos conque España como nación, la más vieja de Europa, se desintegra con pasos firmes, sin que pueda vislumbrarse en el horizonte por ahora, ningún atisbo de cambio de orientación de este proceso que parece imparable.

    Síntomas graves de esa creciente desintegración son, el que se desprecia en muchas partes e Instituciones la bandera de España, en algunas Comunidades se elimina el idioma español de la enseñanza, se tergiversa la Historia para desfigurarla a mayor gloria de los independentistas, se enseña a despreciar y odiar lo español, que tantos esfuerzos nos ha costado conquistar y consolidar, se insulta pública e impunemente a España, etc. y todo ello significa que hace tiempo que ha comenzado un proceso de desintegración de la nación española.

    En efecto, este proceso de desintegración en el que nos encontramos, está impulsado por los Partidos nacionalistas que son independentistas por naturaleza y aspiran a la constitución de una nación y un Estado propios, separados del resto de España, con su propia y original personalidad en el concierto de las demás naciones europeas.

   Además, a mayor abundamiento, el PSOE, uno de los Partidos mayoritarios, que debería defender la unidad de España, no lo hace, traicionando sus siglas y la trayectoria secular de sus fines políticos, y contribuyendo a favorecer y agravar profundamente esa deriva separatista mediante alianzas puntuales o permanentes con los Partidos independentistas para mantenerse en el poder.

    Podemos preguntarnos: ¿es esto lo que queremos todos o la mayoría de los españoles que dimos nuestro asentimiento a la Constitución de 1978? Yo creo que no, y me parece que una gran mayoría de ciudadanos corrientes como yo, sin cargos políticos de ninguna clase, amantes de la tierra que les vio nacer tanto a escala regional como nacional, tampoco lo quieren y les disgusta esta desintegración que comprueban a diario en su vida privada, en los medios de comunicación y en las reacciones de los políticos que nos gobiernan. Como no me gusta plantear problemas o hechos negativos, consciente de que la denuncia es el primer paso para descubrirlos y afrontarlos, me atrevo a proponer algunas soluciones para evitar que progrese más esa desintegración, como lo que es, un mal para la inmensa mayoría de los españoles, aunque reconozco que el grado de desintegración alcanzado, especialmente entre la juventud, a través de la educación antiespañola que se desarrolla en algunas Autonomías, es de difícil reorientación o rectificación:

    1ª Declarar fuera de la Ley a los Partidos independentistas como en Francia, como ejemplo de país democrático, por atentar y poner en peligro la integridad y la seguridad de la nación española, con la creación e instigación de falsos conflictos políticos.

    2ª O bien, si no se quiere establecer ese declararles de fuera de la Ley, evitar que los Partidos nacionalistas, por medio del cambio de la Ley electoral, condicionen la política de los Partidos mayoritarios como sucede ahora, estableciendo en las elecciones generales, una circunscripción única para todo el Estado y un porcentaje mínimo de votos para obtener representación en el Congreso de los Diputados (en Alemania está fijado en el 5 %).

    3ª Promover y perfeccionar el Estado Federal en el que nos hallamos, (lo que en realidad son las Autonomías) inspirándonos en los EEUU, como una sola nación y una única soberanía, una lengua oficial común para todos y una misma educación para todo el país, un solo mercado económico de ámbito nacional y un territorio dividido en 51 Estados con sus Parlamentos y sus leyes propias perfectamente compatibles con las leyes fundamentales del Estado norteamericano.

    Para conseguir esta armonía de leyes y competencias entre el Estado Federal y los Estados diversos que componen la potente y en tantas cosas ejemplar nación americana (no en todas es ejemplar), cuya semejanza conllevaría el orgullo de sentirnos todos españoles en pie de igualdad, habría que terminar de diseñar las facultades a que se refiere el Título VIII de la Constitución española que está por fijar y determinar, especificando sin lugar a dudas las competencias indelegables del Estado Central o Federal y las que puede ejercer cada Comunidad Autónoma.

    En los EEUU es impensable además de inviable, que exista ningún Partido nacionalista de Texas o de Arizona, o de Arkansas, ni de ningún otro Estado, que pueda ejercer sus funciones políticas en el Senado o en el Congreso, y propugne la independencia de ese Estado, lo cual tampoco ocurre en ningún otro país europeo de nuestro entorno, como Francia, Inglaterra o Alemania, donde no existen Partidos independentistas con voz y voto en el Parlamento nacional; claro que España es diferente y así nos va por nuestra mala cabeza.

    Mientras no afrontemos seriamente este reto de blindar la unidad nacional, haciéndola compatible con las diversidad de sensibilidades, costumbres, lenguas, y demás singularidades de cada territorio español, continuaremos cada vez más peligrosamente en el camino de la desintegración de España, que antes o después, quedará dividida o separada en nuevos Estados nacionales, como sucedió en la antigua Yugoslavia, lo cual sería una desgraciada herencia para nuestros descendientes, además de una auténtica pena.
Roberto Grao Gracia
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