Pensamiento ligero


   Estamos viviendo en una sociedad que se ha ido haciendo cada vez más baja en calorías, desde los alimentos al pensamiento. No solo hemos pasado del cocido y un buen plato de judías a la ensalada poco aliñada, sino que también hemos engendrado normas que subordinan la decisión personal a la inquisición de un gobierno. Hemos pasado del pensar y del leer a contemplar extasiados la ya no tan pequeña pantalla, crecida con la importación de las pantallas de plasma. Se copian modelos más que seguir ideas.

   Más allá del entretenimiento, el espectáculo mediático, cada vez más ligero para llegar a unas audiencias más amplias, se ha convertido en transmisor de una cultura light impregnada de lo que en otros tiempos se denominaba como bajos instintos, destruyendo las virtudes clásicas, rompiendo la autoridad en la familia y en la escuela. Ofreciendo en las series modelos nefastos, disfrazados de nuevos modos de vida, que se presentan como atractivos, contribuyendo a socavar los valores más arraigados en la sociedad.

   En estos campos no solo intervienen mecanismos de mercado para fidelizar su clientela con nuevos gustos y sabores, jugando con las emociones; ya que, mediatizada por los políticos, también interviene ‘la ingeniería mediática’ para transmitir ideologías con las que conducir a la sociedad por los cauces que ellos quieren; persiguiendo un nuevo modelo de hombre: hacer del hombre y de la mujer reales un ser desligado de vínculos, dejado al albur de sí mismo. Si todo ello va acompañado de un sistema educativo adecuado —no ha de olvidarse que España está en los últimos lugares del ranking educativo— el resultado queda multiplicado.

   Con un cerco alrededor del pensamiento libre, las ideologías materialistas y relativistas —en estos casos con un pensamiento duro e inflexible— seducen a políticos que conducen los parlamentos para legislar normas de conducta que invaden la intimidad de las personas; de tal manera que, si se les deja hacer lo que persiguen, al ciudadano no le quedará en lo fundamental otra alternativa que ser dócil a la obediencia del gobierno; eso si, quedando libre para el ‘botellón’ o elegir un programa en la televisión: lo que resulta una pescadilla que se muerde la cola.

   Como resultado, mientras los agitadores de la calle o del micrófono están despiertos, el espectáculo es contemplado por una ciudadanía pasiva y somnolienta, que se deja hacer, esperando que alguien les diga ¡DESPIERTA!
Agustín Pérez Cerrada.
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