Aceptación personal


   Todos los educadores, tanto padres como profesores, quieren ayudar a sus hijos o alumnos en su instrucción y formación personal. Pero para ayudar a una persona es preciso aceptarla radicalmente de manera incondicional y decírselo con afecto.

       Decía un escritor que para influir positivamente en un amigo se ha de ganar previamente su corazón, su amistad y su aprecio. Es casi imposible que alguien acepte un consejo de otra persona si no se siente comprendido y aceptado tal como es. Si ese hijo o alumno se siente criticado o poco apreciado, no mejorará nada. Al contrario, se considerará asediado y se atrincherará para protegerse.

       Se han realizado investigaciones para mejorar la imagen positiva que se pueden formar los chicos de sí mismo y las conclusiones señalan que el factor que más influye es la comunicación al chico que se comprenden sus sentimientos. Cuando se le reconocen sus emociones, los niños crecen y cambian positivamente. Por ejemplo, si observamos que un chico tiene miedo a un perro es mejor decirle: “Ese perro te ha asustado” que recriminarle: “Un chico valiente no tiene miedo a un perro”. De la misma manera. si lo vemos cabizbajo y triste es preferible comentarle: Parece que estás enfadado por algo. Si quieres podemos hablar de ello”, que decirle “Basta de rabietas en esta casa. Vete a tu cuarto hasta que se te pase”.

       Cuando el chico entiende que sus sentimientos son legítimos y que se le acepta cuando tiene miedo a un perro y cuando está triste, esto le ayuda a sentirse bien consigo mismo y mejorar la imagen positiva personal.

       La aceptación del otro debe ir acompañada de un afecto incondicional e incondicionado. Los padres quieren a sus hijos siempre, aunque a veces no aprueben todo lo que hacen o dicen. No les retiran su afecto cuando por falta de fuerzas, de capacidad o de interés, no alcanzan las notas escolares que esperaban o cometen una o mil travesuras o barbaridades.

       Para un cristiano, el amor divino es el verdadero fundamento de su dignidad como persona y de su autoestima.

       Para concluir podríamos decir que cuando observamos algún defecto en el educando es preferible una palabra de ánimo que echársele en cara y humillarlo.
   Por Arturo Ramo García.
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