Los otros y yo


   Las relaciones humanas siempre son complejas, de ahí el interés de cultivar un sexto sentido para sintonizar con las personas de nuestro entorno, para conocerlas, para saber cómo es su modo de ser y cuáles son sus ilusiones y esperanzas. Todo ello en la medida de lo posible y en el ámbito a que se refiera cada relación. Sin duda, no es lo mismo la relación con la esposa, sus anhelos y deseos, que con los compañeros de trabajo en la actividad profesional.

   Necesitamos el cariño, el respeto de las personas cercanas, de la familia, de los amigos o de los colegas. Sin embargo, ocurre que lo que se recibe, se recibe al modo del recipiente. Por tanto, cabe que no haya sintonía entre el emisor y el receptor, o que no se valore adecuadamente el mensaje. El estado de ánimo del momento, la susceptibilidad despierta en exceso, pueden hacernos juzgar negativamente lo que por parte del otro era un gesto positivo. Sin contar con que las personas que nos tratan no siempre se perciben de cual es nuestro estado de ánimo, al quedar este reservado a la intimidad.

   Somos juzgados por nuestros actos, no por nuestras intenciones. Seguramente, reflexionamos insuficientemente sobre nuestras acciones cuando afectan a otras personas. Nuestros gestos en relación con los demás casi nunca son neutros. Pueden ser poco relevantes o rutinarios, pero jamás indiferentes para las personas que nos rodean. Cierto que cada acción no será evaluada en particular, salvo casos excepcionales, pero sí se espera coherencia con lo que esperamos recibir. Un gesto habitual, repetido mil veces, en un momento puntual puede ser malinterpretado si cuando yo lo recibo estoy esperando otra cosa, o pienso que he sido relegado, o que no se ha utilizado el tono de voz adecuado: es cuestión de sintonía entre la coyuntura, los otros y el yo.

   Esa complejidad nos tiene que llevar quizá a no valorar con rigidez las relaciones con nuestro entorno: saber disculpar. Se hacen muchas cosas con rutina, maquinalmente, sin ser conscientes de los efectos de nuestras acciones. Cuando somos felices, nada importa, somos más generosos en el comportamiento con los demás, pero no siempre estamos en ese estado ideal. Las incidencias de la jornada pueden romper nuestro equilibrio emocional y dejarnos aturdidos por una falsa percepción de los acontecimientos, con la sensibilidad en carne viva, inclinados a que el propio yo se levante airado frente a los otros.

   El ejercicio de la actividad profesional, donde a veces modos distintos de hacer los trabajos originan enfrentamientos, donde la eficacia puede transformarnos en tercos perseguidores de una idea personal, puede traducirse en posturas egoístas, ignorando las circunstancias personales de la gente que nos rodea, generando atmósferas gélidas, con ruptura de comunicación.

   En contrapeso, quizá experimentemos que en ocasiones ocurre que un gesto inicialmente deleznable, aun en medio del enojo, puede originar consecuencias positivas para nuestro yo: nos ayuda a entendernos mejor a nosotros mismos, que quizá nos valorábamos en exceso, o nos muestra una debilidad personal de la que antes no nos habíamos dado cuenta. No todo lo que inicialmente parece malo lo es en la realidad. Un gesto negativo puede ser piedra de toque para cambiar a mejor, para desprendernos de alguna rémora.
    La complejidad de las relaciones personales se vislumbra mejor con la distancia y la serenidad. Unas palabras a tiempo, unas rosas en el caso de la esposa, allanan caminos que el amor propio no sabe o se olvida fácilmente de recorrer. Lo que nunca puede faltar es el respeto, el afecto y la comprensión mutua en las relaciones humanas.
   Agustín PÉREZ CERRADA
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