Hombres


   1. En el día a día de la conducta humana se van produciendo torrencialmente noticias de escándalos que parecerían imposibles, de no ser reales. Nadie puede imaginar que el hombre -animal racional para el gran Aristóteles- sea capaz de tanta indignidad, que en modo alguno casa con su condición de privilegio entre los demás seres de la creación.

    No es necesario construir la nómina interminable de calamidades humanas, en las que interviene el hombre como responsable exclusivo de la prevaricación abominable, pero sí parece oportuno y conveniente traer algunos ejemplos de esta experiencia cotidiana, que en poco tiempo han sucedido y hemos vivido, provocando la indignación de la gente honrada, dotada del más fino sentido común, de la ética más elemental, y de la vergüenza y pudor, que son el brillo personal y social de la ciudadanía con un poco de cultura, siquiera sea la natural pero no corrompida por la malicia y perversión del individuo que delinque, y viola las normas comunes y necesarias de la convivencia.
Estoy recordando lo ocurrido en Pakistán con la muerte del mundialmente odiado Bin Laden; en España, lo del absurdo y mal llamado y funesto Tribunal Constitucional, que sólo entre analfabetos jurídicos se arroga la facultad de derogar decisiones del Tribunal Supremo (¿es supremo o no es supremo, en qué quedamos?) legitimando lo ilegítimo: que puedan concurrir a las elecciones democráticas siglas envenenadas (Bildu) por criminales y asesinos, que encubren a los terroristas de Eta, absolutamente reprobables y dignos de ser encerrados en la cárcel, sin cuartel, para toda su vida. Aunque ya va siendo viejo, lo de Libia, con muertos a millares entre hermanos de un mismo país y familias inocentes. La subida efervescente y monstruosa del petróleo, que hiere de muerte la economía mundial por culpa de gobiernos podridos con el egoísmo miserable de países absolutamente reprobables, que emplean los beneficios del latrocinio exorbitado y canallesco en enriquecerse pisoteando y despreciando a los pobres, en comprar armas para matar y destruir, corrompiendo la sociedad y la paz del mundo. La noticia macabra de lo sucedido en Noruega con 93 muertos vilmente asesinados. La actuación de sociedades secretas -la masonería- cuya actuación se consuma en pervertir y corromper la sociedad, la familia sana y los hogares felices, machacando la personalidad de los individuos y la libertad insobornable, para manejarlos a su antojo y conducirlos por la senda del infierno, utilizando como instrumentos de su oficio fanático, macabro y diabólico, el odio, la mentira, la calumnia, la coacción, y todo género de corrupción e indignidad, con el propósito de destruir cuanto se opone a sus proyectos homicidas, como son la Iglesia católica, el cristianismo, el orden moral, la ley natural, la educación de la persona humana en los valores innegables y permanentes, que son los pilares de la convivencia humana racional, noble, armónica, pacífica,

   2. Éste es el aire que se respira en ciertos grupos de nuestro tiempo. Es necesario reaccionar sin demora y sin concesiones contra esta táctica calculada de perversión moral y humana en su totalidad, que sólo persigue destruir la existencia del hombre en cuanto hombre, reduciéndolo a la condición de bestia horrible y despreciable. Todos tenemos la obligación de actuar según las posibilidades de cada uno, y contribuir a la mejora de la existencia de nuestros semejantes, ayudando a superar las dificultades que encontramos en el camino: enfermedad, hambre, soledad, tristeza, abandono, pobreza, ignorancia, carencia de trabajo, incapacidad, injusticia, y cualquier clase de sufrimiento que cabe superar y aprovechar con la ayuda humanísima de los que se entregan con generosidad heroica a servir a los demás. ¡Cuánta pena, cuántas amarguras, habrá aliviado la Madre Teresa de Calcuta en los barrios pobres de la India -y en otras partes del mundo-, despertando la esperanza y la ilusión de vivir en corazones muy rotos, con el cuidado de los enfermos que, aun en el dolor de su enfermedad, a veces incurable, se han sentido atendidos y queridos, viendo el verdadero amor cristiano y dulzura de sus monjitas! ¡Y cuántas hambres está remediando la Iglesia Católica en sus instituciones de caridad, que son hucha de amor, de respeto, de socorro, de alivio, de celo que se desvive por los hombres de toda clase y condición, urgida por el mandato imperativo de Cristo, que dejó como encargo a sus discípulos los cristianos: Amaos los unos a los otros, como yo os he amado.

   Hay que convencer a la raza humana de que somos -todos- hermanos. Hay que desterrar el odio y las tensiones, para que, sin egoísmo, sin soberbia, sin ambiciones, podamos perseguir nuestro destino, pues el rumbo marcado por la naturaleza del hombre, ser racional y libre, es de felicidad, si nos empeñamos en hacer el bien -el mal es aborrecible-, y construimos un tejido social de dignidad y grandeza, de justicia y verdad, de sinceridad y de amor, que abarque y envuelva a todos de forma efectiva y equitativa. Entonces no tendremos que decir con pesadumbre y compasión: ¡Hombres, son hombres!, aceptando con pesadumbre y desencanto la ruda condición humana, triste y poco esperanzadora.

   Aun así, si queremos apostar por una sociedad mejor y construir un mundo nuevo, habrá que trabajar con todas nuestras fuerzas por conseguir esta meta irrenunciable, tanto que el lema de la vida sea: Comprender, convivir, disculpar y perdonar. Cada uno debe pensar y decidir lo que puede y debe hacer él, sin consideraciones tremendistas y reservonas, como si no fuera posible hacer cosas decentes y limpias plantando amor y paz en derredor. Todo un recital de convivencia humana y cristiana, ilusionada y grande y necesaria. ¿Te animas? El fundamento único y necesario de este proyecto maravilloso -sin eso nada se hará- es Dios, reconociendo y amando, cumpliendo, sus leyes, sus mandamientos, junto con el respeto de los hombres, de cada hombre, con su dignidad de criatura de Dios, hijo de Dios, al que hay que ayudar, hay que salvar, con las armas del amor que busca siempre su bien, su felicidad, la paz. Como apoyo humano, indiscutible, de este proyecto, hay que poner la renuncia al egoísmo, a la soberbia, a la ambición, que habrán de ser sustituidos por el sacrificio generoso de corazones grandes y abnegados, capaces de absorber las dificultades que sin duda surgirán en la triste experiencia de las debilidades y fallos de la vida en la convivencia.
Jesús Sancho Bielsa
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